Valle de Chalco convertido en un gigantesco dormitorio

lunes, 8 de diciembre de 2008

Campañas políticas

“¡Calumnia que algo queda!”
Voltaire
Francisco Velasco Zapata
En esta ocasión nos referiremos a las campañas políticas “negativas” ya que las mismas se han convertido en el “pan nuestro” de cada proceso electoral. Efectivamente, las campañas negativas son uno de los temas más controvertidos de la ciencia política y del ejercicio que tienen a su cargo las autoridades electorales en virtud de sus implicaciones legales, pero sobre todo éticas y morales, ya que en ellas, generalmente, se acude a la calumnia, las verdades o mentiras a medias, la incursión en la vida privada de las personas ajenas a los temas políticos, lamentablemente, con mucho éxito, la mayoría de las veces.
No hay nada, ni nadie, que justifique legalmente el uso y abuso de la mentira, la calumnia o la injuria, mucho menos en las campañas político electorales; sin embargo, se ha descubierto y probado que entre menos capacidades y recursos tenga un partido y sus candidatos es muy frecuente que éstos caigan en la tentación de recurrir a esos mecanismos “meta legales” para notarse menos mal y hacer que sus oponentes parezcan peores que ellos.
El recurso de la campaña negativa es utilizado por partidos y candidatos poco escrupulosos a fin de desviar la atención pública lejos de los asuntos que impliquen una amenaza o que los pueda poner en aprietos, o bien, para tratar de provocar abstencionismo cuando estiman que una votación reducida puede favorecer su triunfo. Se afirma que -aunque no es un hecho probado plenamente y con carácter científico- quienes actúan de esta forma apuestan a que los electores -ciudadanía- disgustados por lo que los candidatos dicen uno de otro -sin atender ningún tema del interés colectivo o de incumbencia general- decidan no seguir las campañas y menos acudir a votar el día de la jornada electoral (efecto fastidio). Con ello se daría paso a que los grupos organizados más numerosos acudan a las urnas y decidan la elección en su favor. Esto no niega que -en los hechos- un candidato o partido perdedor obtiene resultados negativos como consecuencia de múltiples factores ajenos a su actuación, o por un conjunto sucesivo de errores de su campaña y no por los golpes de sus oponentes. Incluso, algunos analistas políticos consideran que la mayoría de las heridas son autoinflingidas.
Exponer los aspectos más desfavorables y cuestionables del historial del adversario es una parte importante de la contienda electoral, lo mismo que exaltar las virtudes propias. En el mensaje de campaña y la propaganda que pueden parecer positivos, por ejemplo, notamos con mucha frecuencia que están hechos para dar mayor énfasis a los defectos o vulnerabilidades del contendiente. En el fondo, según especialistas de la materia, el problema no está en respetar o no respetar la ley, en hacer o no campaña negativa, sino decidir en que extensión se atacará abiertamente a los adversarios y en cómo hacerlo -sin que la autoridad electoral y la ciudadanía lo perciban- e, incluso, saber responder a esta cuando se sufra en carne propia.
Por todo lo anterior, no podemos dejar de citar a “Jean Marie Domenach” quien en su pequeño libro “La propaganda política” afirma que la “propaganda de tipo publicitario se limita a campañas más o menos espaciadas, de las cuales el caso típico es la campaña electoral. Se trata entonces de destacar ciertas ideas y ciertos hombres con procedimientos bien delimitados; expresión normal de la actividad política” pero también nos advierte que existe un hilo muy delgado que desde 1791 ha permitido que la ideología se una a las armas en la conducción de las guerras, donde la propaganda se convierte en auxiliar de la estrategia cuando se trata de crear cohesión y entusiasmo en el bando propio y el desorden y el miedo en el del enemigo. Domenach advierte: “no hemos de olvidar que el partido de masas fue inventado por la socialdemocracia, y que ésta ensayó una cierta cantidad de técnicas de propaganda (desfiles, símbolos, carteles, himnos, etc.) que fueron corrientemente usadas después. Pero Lenin va mucho más lejos: quiso infundir dinamismo, mediante la agitación y la propaganda, a esas masas socialdemócratas caídas en manos de los políticos aburguesados. Lenin y Trosky lograron, en plena guerra, descomponer el ejército y la administración (zarista) con una combinación de insurrección y propaganda, y realizaron la revolución bolchevique” (Cfr. Op cit. pp. 16-22). En el mismo libro Domenach, cita a J. Monnerot, quien afirma: “los poderes destructores que contienen los sentimientos y resentimientos humanos, pueden entonces ser utilizados, manipulados por especialistas, como lo son, de manera convergente, los explosivos puramente materiales” de lo cual Domenach concluye: “La lección no será desaprovechada. La URSS la aprendió, a juzgar por su política, e Hitler, se inspiró mucho en ella” (Ibíd. p. 21). ¿Y usted, cómo la ve?


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